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Germán Portal

Bottega

17.12.2016 - 02.02.2017




Pese a ser una de las disciplinas artísticas por excelencia, la pintura contemporánea parece supeditada y medida por una situación de crisis más bien crónica. La pintura sigue siendo autónoma, sigue marcando su propio ritmo y, en consecuencia, sigue topando con las mismas fricciones ante otro tipo de registros de carácter más conceptual. No obstante, y si bien es cierto que su práctica se halla posiblemente en un momento de agotamiento, también lo es el hecho que existe una tendencia metareferencial que la reivindica mediante un análisis autocrítico sobre el propio medio; es decir, una pintura que, al margen de narrativas visuales, nos habla de la pintura en si misma.

En esta línea de investigación se encuentra la obra de Germán Portal (Montevideo, 1979), un pintor que centra su trabajo en una exploración exhaustiva del acto de pintar en la actualidad. Para ello, el artista utiliza dos estrategias complementarias. Por un lado, una fingida ausencia de estilo; algo que le permite liberarse del peso autoritario del gesto e ir experimentando sin complejos; por el otro, una fijación por épocas tipificadas dentro de la historia de la pintura, por ejemplo las vanguardias artísticas del siglo XX, el Barroco o el Renacimiento italiano. Así, su pintura navega libremente por la historiografía del arte, rescatando aquellos aspectos que más le interesan para confrontarlos con el presente desde un rigor formal que deviene a su vez posición discursiva. Un ejercicio de desmitificación del arte donde la imitación, el sentido del humor y el equívoco funcionan como sistemas de relectura de la tradición pictórica. En definitiva, una revisión conceptual que fantasea con nuevos enfoques, interpretaciones y funcionalidades de la pintura a través de una actitud desinhibida: la parodia sutil, encubierta y casi invisible.

Y si en 2015, en el Espai Cub de La Capella de Barcelona, Germán Portal reinterpretaba las vanguardias artísticas desde una posición muy “do it yourself”, dando lugar a piezas próximas a Picasso, Brancussi o Giacometti pero utilizando como material de base lo más mundano (alambre, cartón, papel de plata…), y a continuación revisitaba el arte de posguerra en la Galería Silvestre en Madrid – en este caso desde la óptica del non finito, lo no acabado - ahora el artista recupera el concepto renacentista de la bottega: el taller artístico, el lugar del material en bruto, el espacio de trabajo donde las habilidades del maestro se fusionaban con la de sus ayudantes hasta llegar a poner en duda su individualidad.

Debido a las exigencias del mercado, grandes figuras del siglo XVI como Tiziano o Tintoretto crearon sus bottegas para poder cumplir con los plazos de entrega, cada vez menos asumibles para una sola mano. Con el tiempo, esa virtud - la velocidad de entrega, la marca infalible - se tornó defecto. A lo largo de la historia, las piezas pertenecientes a las bottegas fueron consideradas de menor importancia. En cierto modo, y ahí reside uno de los aspectos que más interesan a Portal, el exceso de precisión de los ayudantes en su imitación del maestro fue también lo que, paulatinamente, empezó a alejarlos de su estilo, y por tanto a relegar las obras de la bottega a un segundo nivel.

Para su primera exposición individual en la galería Silvestre de Tarragona, el artista se nutre del imaginario escénico de la bottega para exhibir un conjunto de piezas que juegan con los equívocos de la autoría y las temáticas propias de la pintura. Siguiendo el esquema flexible del taller, donde las piezas conviven inacabadas y repartidas por el espacio sin la necesidad de justificar un criterio, Portal transforma la galería – el lugar de la presentación final – en una suerte de espacio de trabajo en el que todo parece encontrarse a medias. Un gran lienzo sobre un caballete, una intervención mural sin acabar, una selección de pinturas de paisajes de diversos tamaños y, por último, una instalación de dibujos figurativos sin temática concreta.

En definitiva, La Bottega de Portal escenifica cuatro bloques interconectados en los que los tiempos de ejecución parecen desplazarse y distanciarse entre ellos. A simple vista, todo es reconocible. Encontramos paisajes y ambientes vacíos, sin acción, sin relato. También encontramos personajes (individuos, animales…) carentes de escenario y de contexto: un gran paisaje celeste en el que no ocurre nada bajo su majestuosidad, entornos naturales donde la mirada necesita fijarse en algo que no existe, o algo que ha desaparecido, lugares excéntricos, erróneos, personajes a la espera de entrar en acción…

Todo aparece voluntariamente deslocalizado y pendiente de un último gesto que debería otorgarle un sentido. Un último gesto que nos ayudaría a situarnos, a tener confianza en aquello que vemos, en aquello que esperamos. Pero nuestra sospecha crece. Y es que la pintura de Germán Portal ya no busca narrar lo acontecido sobre la superficie de un cuadro, sino que simplemente nos desvela el artificio de la ilusión pictórica.

David Armengol


Web de Germán Portal.

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